San Juan Camagüeyano

¡Vive el San Juan Camagüeyano!

Bienvenidos al sitio oficial del San Juan Camagüeyano, un espacio dedicado a rendir homenaje a todas las personas que han hecho posible, a lo largo del tiempo, una de las celebraciones más auténticas, alegres y representativas de la cultura cubana que festeja 3 siglos de existencia.

EL SAN JUAN CAMAGÜEYANO: CUANDO LA IMPROVISACIÓN DESAFÍA A TRES SIGLOS DE HISTORIA

ACTO I: «La memoria de un pueblo. Tres siglos de identidad»

© José Manuel Cordero / Investigador y promotor del San Juan. Fundador del Portal San Juan Camagüeyano

 

Notas del autor

Este ensayo nace desde el amor profundo que siento por el San Juan Camagüeyano, una celebración que forma parte inseparable de mi vida y de mi identidad como camagüeyano. No ha sido escrito para descalificar a personas o instituciones, sino para aportar una reflexión crítica, documentada y respetuosa sobre el presente y el futuro de una tradición con más de tres siglos de historia. 

Todas las opiniones aquí expresadas responden exclusivamente a mi criterio como investigador, promotor y estudioso de esta manifestación cultural. Mi único propósito es contribuir al diálogo y al perfeccionamiento de una celebración que pertenece, por igual, a todos los camagüeyanos.

 

El San Juan Camagüeyano. ¿Quién lo diría? Nunca imaginé que nacer en Camagüey significaría cargar, con orgullo y responsabilidad, el privilegio de pertenecer a una ciudad que atesora uno de los acontecimientos más importantes de la cultura popular tradicional cubana e iberoamericana. 

Durante más de tres siglos, esta celebración ha sido mucho más que una fiesta. Ha sido memoria, identidad, pueblo, música, calle, historia y pertenencia. Ha sido la manera en que Camagüey se mira a sí mismo y se reconoce generación tras generación. Llamarlo simplemente “carnaval” sería una comodidad peligrosa.

El San Juan tiene códigos propios, ritualidad, símbolos y una estructura que no nació ayer, aunque a veces algunos parezcan descubrirla con sorprendente retraso. Cada 24 de junio comienza un ciclo festivo que tiene su punto de partida en la lectura del Bando y concluye, simbólicamente, el 29 de junio con el Entierro de San Pedro, suerte de desfile póstumo que no significa tristeza ni final definitivo, significa cierre, memoria y punto de partida. Porque desde ese mismo instante debería comenzar a pensarse la próxima edición.

Esa ha sido siempre la verdadera filosofía del San Juan. A lo largo de más de 300 años, la festividad ha cambiado, se ha enriquecido y ha incorporado nuevas expresiones, pero jamás necesitó renunciar a su nombre ni pedir permiso para ser lo que siempre ha sido. Incluso en los momentos más difíciles, el San Juan siguió llamándose San Juan. Porque la identidad no depende de las circunstancias. Ha sobrevivido a crisis económicas, limitaciones materiales y hasta a la pandemia de la COVID-19.

En aquel momento, cuando parecía imposible ocupar las calles, artistas, diseñadores, investigadores, promotores y portadores de la tradición impulsamos el primer San Juan Camagüeyano virtual. Las redes sociales fueron el escenario, pero la esencia permaneció intacta. Aquella experiencia demostró algo que algunos deberían recordar con más frecuencia: una tradición verdadera no vive únicamente en el espacio físico; vive en la voluntad colectiva de mantenerla en pie. 

Después regresó la presencialidad. Sin embargo, las cuatro últimas ediciones han estado marcadas por circunstancias excepcionales que las han puesto al borde mismo de suspensiones. Incluso una de ellas se celebró fuera de su fecha histórica, y ocurrió en 2022 casi saliendo de la pandemia, obligando al comité organizador a celebrarla del 5 al 7 de agosto y denominarla “Festejos Populares con matices sanjuaneros), cambio muy comprensible en el cual todos coincidimos, con responsabilidad. No fue capricho. Fue respeto a la tradición.

La edición de 2026, en cambio, deja lecciones mucho más profundas. Han ocurrido hechos que obligan a revisar decisiones, reuniones, procedimientos y silencios. Es tiempo de pensar seriamente en el presente, pero sobre todo en el futuro de nuestra fiesta mayor.

El pueblo seguirá siendo siempre el verdadero dueño del San Juan Camagüeyano. Nadie puede discutirlo. Pero una celebración de esta magnitud necesita organización, planificación, conocimiento histórico y dirección cultural permanente. No puede construirse a golpe de urgencias, ocurrencias y reuniones tardías. Porque una tradición de más de tres siglos no se prepara como quien organiza una actividad de calendario.

Desde hace años hemos defendido públicamente la creación de la Casa del San Juan Camagüeyano. Y no hablamos solo de un edificio, un local o una oficina dedicada a tales fines. Hablamos de un concepto de trabajo. Un espacio donde, al concluir una edición, comience inmediatamente la preparación de la siguiente. Un lugar donde se investigue, se conserve, se diseñe, se archive, se asesore y se coordine con seriedad, se ofrezcan actividades didácticas y que además durante todo el año tenga espacios permanente para exposiciones y toda la historia del San Juan.

No se trata de discutir qué institución debe dirigir el proceso. Ese no es el verdadero debate. Lo preocupante es que quienes asuman esa responsabilidad posean la preparación técnica, el conocimiento histórico y la sensibilidad cultural que el San Juan exige. Porque administrar una tradición no convierte automáticamente a nadie en su dueño. Y ocupar un cargo, por respetable que sea, tampoco sustituye el conocimiento.

Ahí radican muchas de las dificultades evidenciadas en 2026. El San Juan Camagüeyano ya no admite improvisaciones. No después de más de trescientos años de historia. No cuando hablamos de una de las expresiones más representativas de la cultura popular tradicional cubana. No cuando existen condiciones reales para aspirar a que alcance, por derecho propio, la condición de Patrimonio Cultural de la Nación.

Pero ese reconocimiento no llegará por entusiasmo ni por discursos. Llegará con método, investigación, continuidad institucional, respeto a los portadores y una estrategia seria de trabajo. Resulta imprescindible crear una estructura permanente de dirección y asesoría, coordinada con el gobierno local, las instituciones culturales y, sobre todo, con los verdaderos portadores de la tradición. Una estructura capaz de definir líneas estratégicas, convocar concursos, organizar comisiones, proteger archivos, diseñar campañas, documentar procesos y evitar que cada edición parezca empezar desde cero.

Las comisiones de paseos, diseño, comunicación, patrimonio, seguridad, logística, protocolo, investigación, programación artística, premiaciones y documentación histórica deben trabajar durante meses, no durante semanas. Porque las grandes tradiciones no se improvisan, se construyen, se estudian, se protegen y sobre todo, se respetan.

Lo ocurrido en 2026 fue, quizás, uno de los ejemplos más claros de lo que sucede cuando una celebración con más de tres siglos de historia intenta dirigirse como si hubiera nacido la semana anterior. Y la historia, aunque paciente, suele ser implacable.

Las modas administrativas pasan. Los cargos cambian. Las improvisaciones se olvidan. Pero las tradiciones verdaderas permanecen. El San Juan Camagüeyano lleva más de trescientos años demostrando exactamente eso.

Todavía estamos a tiempo. No para inventar un nuevo San Juan, sino para escuchar al que durante siglos jamás dejó de hablarnos. Porque las tradiciones no necesitan salvadores. Necesitan custodios. Y esos custodios tienen una obligación irrenunciable: escuchar primero a la historia antes de intentar corregirla.

 

(continuará…)

"CUANDO UNA TRADICIÓN EMPIEZA A PERDER SU RUMBO"

ACTO II: 
«Qué hace único al San Juan. Cuando una tradición comienza a perder su rumbo»

© José Manuel Cordero / Investigador y promotor del San Juan. Fundador del Portal San Juan Camagüeyano

 

Notas del autor

Este ensayo nace desde el amor profundo que siento por el San Juan Camagüeyano, una celebración que forma parte inseparable de mi vida y de mi identidad como camagüeyano. No ha sido escrito para descalificar a personas o instituciones, sino para aportar una reflexión crítica, documentada y respetuosa sobre el presente y el futuro de una tradición con más de tres siglos de historia. 

Todas las opiniones aquí expresadas responden exclusivamente a mi criterio como investigador, promotor y estudioso de esta manifestación cultural. Mi único propósito es contribuir al diálogo y al perfeccionamiento de una celebración que pertenece, por igual, a todos los camagüeyanos.

 

Hay silencios que hablan más que cualquier discurso. Y el más elocuente de esta edición del San Juan Camagüeyano fue, precisamente, el silencio que dejó la ausencia de la tradicional lectura del Bando.

 

No se suspendió una actividad más del programa. No se canceló un concierto ni se modificó un horario. Se eliminó, sin explicación pública alguna, el acto que durante siglos ha marcado el inicio oficial de la principal celebración de la cultura popular y tradicional camagüeyana. 

El Bando no es un formalismo administrativo. No constituye un protocolo destinado únicamente a las autoridades ni una costumbre folclórica para satisfacer a los nostálgicos. El Bando es el acta fundacional de cada edición del San Juan. Es la voz institucional que anuncia al pueblo que la ciudad vuelve a vestirse de fiesta. Es el documento que comunica qué sucederá durante las jornadas venideras. Es, en definitiva, el puente entre la historia y el presente.

Desde hace más de trescientos años, la esencia del San Juan Camagüeyano comienza con ese momento simbólico. Puede cambiar el recorrido de los paseos. Puede variar la duración de las celebraciones. Pueden existir limitaciones económicas, materiales o logísticas. Incluso pueden reducirse las actividades previstas. Pero, mientras exista un San Juan, por pequeño que sea, deberá existir un Bando que lo anuncie.

Porque el Bando nunca ha dependido de la cantidad de eventos programados. Su misión ha sido, precisamente, informar al pueblo de aquello que se realizará, aunque se trate de una programación modesta. Esa ha sido siempre su razón de existir. Por ello resulta difícil comprender que, en una edición donde sí hubo desfiles, espectáculos, actividades comunitarias y programación cultural, se decidiera prescindir del acto que daba sentido y legitimidad al inicio de todas ellas.

No se trata de un detalle menor. Se trata de un retroceso. Se trata de la pérdida de uno de los rasgos que distinguen al San Juan Camagüeyano entre las grandes fiestas populares de Cuba, entre ellas los “Carnavales”.

Las tradiciones no desaparecen de un día para otro. No mueren únicamente cuando alguien decide prohibirlas. Comienzan a extinguirse cuando dejan de practicarse, cuando pasan a considerarse prescindibles o cuando quienes tienen la responsabilidad de protegerlas dejan de comprender el profundo significado que poseen para la memoria colectiva.

La cultura popular vive de sus símbolos. Vive de sus rituales. Vive de esos gestos que, repetidos durante generaciones, terminan formando parte de la identidad de un pueblo. Cuando uno de esos pilares desaparece, aunque sea por un solo año, la fractura va mucho más allá de una simple omisión organizativa: se resquebraja la continuidad histórica de una tradición que ha sobrevivido a guerras, crisis económicas, epidemias y profundas transformaciones sociales.

Resulta paradójico que una celebración que aspira a preservar y convertirse en “Patrimonio Cultural de la Nación”, termine debilitando, precisamente, los elementos que la hacen única.

El San Juan Camagüeyano nunca ha sido únicamente un desfile de congas, comparsas o carrozas. Es un ceremonial construido durante siglos, en el que cada momento posee un significado. El Bando abre la fiesta; el entierro de San Pedro la clausura. Entre ambos extremos se desarrolla una de las expresiones más genuinas de la identidad camagüeyana. Eliminar uno de esos extremos equivale a romper el relato completo. El patrimonio cultural no puede administrarse desde el silencio. Toda modificación de un elemento esencial merece argumentos, debate y transparencia, porque aquello que se gestiona no pertenece a una institución, ni a un gobierno, ni a un comité organizador.

Pertenece a un pueblo entero y a las generaciones que lo heredarán. Defender la lectura del Bando no constituye un ejercicio de romanticismo. Es defender el respeto por la historia. Es comprender que las tradiciones no sobreviven por inercia, sino porque existen personas e instituciones dispuestas a protegerlas incluso en los momentos más difíciles.

El verdadero patrimonio no se pierde únicamente cuando desaparecen los edificios o se destruyen los monumentos. También comienza a desmoronarse cuando dejamos de celebrar los ritos que dan sentido a nuestra memoria colectiva.

Ojalá que el año 2026 quede únicamente como la excepción que nunca debió producirse, porque si el silencio termina sustituyendo la voz del Bando, el riesgo ya no será haber perdido una ceremonia; será haber comenzado, casi sin darnos cuenta, a renunciar a una parte esencial de la identidad cultural de Camagüey y de una de las tradiciones populares más importantes de Cuba. Y los pueblos no empiezan a olvidar su historia cuando dejan de contarla. 

Empiezan a olvidarla cuando dejan de vivirla.

 

 

(continuará...)

 

 

 

ORÍGENES DE LA LECTURA DEL BANDO

La Lectura del Bando constituye una tradición que se remonta a 1836, año en que se realizó por primera vez con el propósito de informar a los habitantes de la villa sobre las disposiciones que regulaban las celebraciones, indicando qué prácticas eran permitidas y cuáles estaban prohibidas durante los festejos.

Tras el triunfo de la Revolución, durante la década de 1960, los bandos continuaron publicándose en la prensa escrita, pero no existen referencias a su lectura pública. No fue hasta 1972 cuando esta ceremonia fue restablecida. Ese año, el Bando se leyó desde el balcón del Ayuntamiento, una vez concluido el acto de coronación de la Estrella, a las doce de la noche.

Desde allí partían las congas para recorrer los barrios y anunciar oficialmente el inicio del San Juan Camagüeyano. Desde entonces, la Lectura del Bando se ha mantenido en el mismo escenario, aunque el horario de realización ha experimentado diversas modificaciones a lo largo de los años. En 1974, 1975 y 1984 se efectuó a las doce del mediodía, horario que coincidía con la tradición heredada del período colonial.

En 1976 la ceremonia tuvo lugar a las 9:00 de la noche. Posteriormente, en 1988, 1995, 1996 y 1997 se realizó a las 6:00 p. m.; en 1990, a las 5:00 p. m.; y en los años 2000 y 2001, a las 4:00 p. m.

Entre 2003 y 2006, la Lectura del Bando pasó a celebrarse a las 12:01 de la madrugada del día 24 de junio, con la única excepción de 2004, cuando tuvo lugar a la 1:00 de la madrugada de esa misma fecha.

 

En 2026 no se celebró...

 

(continuará…)

"LA EROSIÓN DE UNA IDENTIDAD CONSTRUIDA DURANTE SIGLOS: CUANDO EL SILENCIO Y LA IMPROVISACIÓN TAMBIÉN COMUNICAN"

ACTO III: 
«Después de más de tres siglos de historia, cabría suponer que determinadas etapas ya pertenecen definitivamente al pasado. Entre ellas, la improvisación en torno a los símbolos y rituales que sostienen la identidad de una de las celebraciones populares más antiguas de Cuba»

© José Manuel Cordero / Investigador y promotor del San Juan. Fundador del Portal San Juan Camagüeyano

 

Notas del autor

Este ensayo nace desde el amor profundo que siento por el San Juan Camagüeyano, una celebración que forma parte inseparable de mi vida y de mi identidad como camagüeyano. No ha sido escrito para descalificar a personas o instituciones, sino para aportar una reflexión crítica, documentada y respetuosa sobre el presente y el futuro de una tradición con más de tres siglos de historia. 

Todas las opiniones aquí expresadas responden exclusivamente a mi criterio como investigador, promotor y estudioso de esta manifestación cultural. Mi único propósito es contribuir al diálogo y al perfeccionamiento de una celebración que pertenece, por igual, a todos los camagüeyanos.

 

La edición de 2026 demostró que la experiencia acumulada no constituye, por sí sola, una garantía suficiente para preservar la memoria institucional. La supresión de un acto tan trascendental como la Lectura del Bando no solo sorprendió por su alcance histórico, sino también por la ausencia absoluta de una explicación pública que permitiera comprender las razones de semejante decisión. 

Es posible que esas razones existan. Toda institución tiene el derecho —e incluso la obligación— de adoptar las decisiones que considere pertinentes. Pero posee, igualmente, el deber de comunicarlas con transparencia, especialmente cuando afectan un patrimonio cultural que pertenece a toda una comunidad y no únicamente a quienes circunstancialmente lo administran. 

En la naturaleza, tras un gran terremoto suele llegar el tsunami. En el San Juan Camagüeyano ocurrió algo parecido, aunque en el plano simbólico. La desaparición de la Lectura del Bando fue el primer impacto. Poco después llegó un segundo: la sustitución de la histórica denominación San Juan Camagüeyano por Jornada Cultural Sanjuanera, una decisión que abrió un debate tan innecesario como evitable sobre la identidad de la principal celebración del calendario cultural camagüeyano.

Los nombres no son un simple recurso administrativo. Son el resultado de la historia, de la memoria colectiva y del consenso que solo el tiempo es capaz de construir. Cambiar la denominación de un acontecimiento con más de tres siglos de existencia sin ofrecer una explicación pública suficiente equivale a alterar uno de sus principales símbolos identitarios.

No se trata únicamente de una cuestión semántica; se trata de preservar aquello que permite a un pueblo reconocerse en sus propias tradiciones. Porque las instituciones no solo administran presupuestos, programas o eventos; administran confianza. Y cuando una decisión de alto impacto obliga a la ciudadanía a sustituir la información por la especulación, el problema deja de ser organizativo para convertirse en un problema de comunicación institucional.

Allí donde proliferan las conjeturas es porque el silencio ya ocupó el lugar que debieron ocupar las explicaciones. En materia de patrimonio cultural, el silencio nunca fortalece la historia; casi siempre la debilita.

Si hubo un ámbito donde la improvisación dejó una huella especialmente visible, fue en la identidad visual de esta edición. Y no deja de resultar irónico que una celebración cuyo principal patrimonio es, precisamente, su identidad terminara siendo reconocida por la ausencia de ella.

Ni siquiera el nombre del evento parecía haber alcanzado un consenso institucional. Según el soporte consultado, unas veces era San Juan Camagüeyano y otras Jornada Cultural Sanjuanera. En ocasiones ambas denominaciones convivían en una misma pieza comunicativa, como si se tratara de dos celebraciones distintas o de una organización incapaz de decidir cómo debía presentarse ante su propio público. Cuando una fiesta necesita explicar cómo se llama, el problema ya no es gráfico. Es conceptual. La comunicación institucional no puede transmitir dudas sobre aquello que pretende defender.

El 8 de abril de 2026, la Dirección Municipal de Cultura en Camagüey convocó oficialmente un concurso para seleccionar la identidad gráfica que representaría las celebraciones. La iniciativa fue recibida con entusiasmo por diseñadores y artistas visuales, quienes dedicaron semanas de investigación, creatividad y trabajo a elaborar propuestas ajustadas a la historia y a los códigos culturales del San Juan Camagüeyano.

Sin embargo, pocas semanas después, el concurso desapareció sin dejar más rastro que el de su propia convocatoria. Nunca se publicaron los resultados. Nunca se anunció un ganador. Nunca se explicó qué ocurrió con los proyectos presentados. Y conviene recordarlo: en comunicación institucional, el silencio también comunica. A veces, incluso demasiado.

Entre aquellas propuestas figuraba la desarrollada por el diseñador Gael Suárez, concebida a partir del concepto creativo de quien suscribe estas líneas y que se muestra en la foto a la izquierda, fruto de años de investigación sobre la evolución histórica y simbólica del San Juan Camagüeyano.

El resultado final, sin embargo, fue muy diferente.

La imagen que terminó identificando oficialmente la edición fue una composición generada mediante inteligencia artificial. Conviene hacer una precisión para evitar interpretaciones simplistas: el problema nunca ha sido la inteligencia artificial. Sería tan absurdo afirmarlo como culpar a un pincel de un mal cuadro. La inteligencia artificial constituye una herramienta extraordinaria cuando está al servicio del conocimiento. La dificultad aparece cuando pretende sustituirlo.

Porque ninguna plataforma, por sofisticada que sea, puede conocer por sí sola tres siglos de memoria cultural. Ningún algoritmo distingue un símbolo si antes nadie le ha enseñado por qué ese símbolo importa. Ninguna imagen será verdaderamente identitaria mientras antes no exista una identidad que comprender. Más allá de su calidad técnica, la propuesta oficial (diseño de Gael Suárez) establecía vínculos reconocibles con Camagüey, con el San Juan o con los elementos que históricamente han definido esta celebración.

Es una imagen visualmente correcta. Abstractamente podía ilustrar muchas cosas y, precisamente por ello, costaba reconocer aquello que debía representar. Mientras tanto, quedó completamente al margen la línea gráfica que, desde marzo, venían desarrollando diversas plataformas digitales dedicadas exclusivamente al San Juan Camagüeyano y por las que mas de 15 mil personas se identificaron.

Suárez durante meses había diseñado y construido un sistema visual coherente, reconocible y perfectamente adaptable a cualquier campaña institucional. No era simplemente un cartel. No era cualquier concepto visual. Era una identidad. Y las identidades no suelen improvisarse una tarde cualquiera. Sin embargo lo más desconcertante aún resultó comprobar que incluso los directivos municipales de comunicación cultural en Camagüey prohibieran utilizar aquella identidad en cualesquiera de los soportes oficiales como credenciales, papelería y otros materiales promocionales, sustituyéndola por otra cuya selección jamás fue explicada públicamente.

Las preguntas, inevitablemente, permanecen abiertas...

¿Por qué convocar un concurso cuyo desenlace nunca se dio a conocer?-

 

¿Qué ocurrió con las propuestas presentadas?-

 

¿Quién tomó finalmente la decisión?-

 

¿Existió un jurado especializado?-

 

¿Se evaluaron realmente los proyectos?-

 

¿O el concurso terminó convirtiéndose en un ejercicio meramente testimonial?-

 

No son preguntas incómodas. Son las preguntas normales que surgen cuando la transparencia deja demasiados espacios vacíos.

A ello se suma una contradicción presente desde las propias bases de la convocatoria.

El concurso imponía de antemano un lema: «De vuelta a las raíces». Y precisamente ahí comenzaba otro problema. Los concursos de identidad visual existen para descubrir conceptos, no para imponerlos antes de iniciar el proceso creativo. El lema debería ser una consecuencia del trabajo de investigación y diseño, nunca su punto de partida. Cuando el mensaje ya viene decidido antes del primer boceto, la creatividad deja de explorar para limitarse a ilustrar una conclusión previamente redactada. Ese no suele ser el procedimiento de una campaña de comunicación concebida bajo criterios profesionales. La identidad visual de una celebración con más de tres siglos de historia merece investigación, debate, criterios técnicos y, sobre todo, absoluta transparencia. Porque un cartel nunca es solamente una imagen.

Es la primera página de la historia que una fiesta decide contar sobre sí misma. Y cuando esa primera página despierta más interrogantes que reconocimiento, probablemente no haya fracasado el diseñador. Lo que ha fracasado es el proceso. Y cuando falla el proceso en una celebración tricentenaria, lo que queda comprometido no es únicamente la estética de una edición, sino la credibilidad de quienes tienen la responsabilidad de custodiar su memoria.

 

 

(continuará…)

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